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Sucedió en Semana Santa

Por: Ramón Eloy Sosa



Fue una noche en vísperas de la Semana Santa, mi hermano, tocayo de primer nombre (como todos los demás), un buen amigo en común apodado “el cunaviche”, un carajo veguero, coleador y embustero, y yo. Nos encontrábamos nuevamente en tierras de “El Refugio”, fundo que perteneció a mis abuelos, y hoy día a mi padre, estábamos entre tragos, cuentos fantásticos y alguno que otro verso que se dejaba salir cuando el regaño del “claro” era mas sabroso, y al son de mi cuatro viejo confidente de mil travesías. 

Ya habían pasado las once y media de la noche cuando repentinamente “El Cunaviche” empieza con un cuento de espantos llaneros y otras apariciones que El mismo presenció, a lo que los presentes replicamos de manera un poco escéptica: -Mire loco, usted no es más embustero porque no está más rasca’o, “El Cunaviche” firme en su defensa contestó: -A pué’ verda’ita compa. Quedamos debatiendo sobre el tema unos diez minutos, eran ya pasadas las doce y media cuando a mi ocurrente tocayo le salpica una idea: -Mira loco, vamos a ir pa’ “El Sitio” ahorita a terminar de bebernos estos cuatro de’os, a ver si es verdad que tu eres tan “guapo”. “El Sitio” le llamaban a un lugar que quedaba a unos quinientos metros de la fundación. Hace muchos años, allí vivieron algunas personas y se decía que allí había “Morocotas” enterradas, y algunos vecinos de la zona aseguraban que se miraban luces titilando desde el lugar en altas horas de la noche, siempre decíamos que era un lugar tenebroso porque entre esa “mata” lo que había era algunas ruinas donde estaba la casita, partes de un molino viejo y oxidado y una pequeña “tanquilla” donde seguramente bebía agua el ganado en aquella época.

Así que emprendimos camino al “El Sitio” atravesando el paradero y tomando un sendero viejo que conectaba con el primer “falso” del potrero mas cercano, a partir de allí seguía otro sendero que atravesaba un “campanillal” y daba directo al lugar que estaba a algunos trescientos metros más, a partir de ahí entonamos el cuatro y nos cruzamos en versos los tres mientras íbamos de camino, recuerdo que el verso que cerró el contrapunteo era de mi hermano “tocayo” y decía algo como: -Deme un trago compañero que ya nos acomodamos si hay espantos verdaderos nosotros los asustamos. La constreñida carcajada de “El Cunaviche” sonó corta en ese momento, pues ya estábamos entrando a “la mata” del lugar.

El claro de la luna se colaba poco entre los árboles, pero aún teníamos visión, no cargábamos lámparas o linternas, así que nos adentramos en la espesura pasando por debajo de las ramas de un “palo gacho”, lo primero que vimos fue un “palo ‘e mango” (creo que era “piedrita”) era bastante alto y debajo era un "peladero" donde “sombreaban” los animales cuando el sol se arreciaba en el verano, caminamos un poco más hasta que llegamos al lugar exacto. El armazón de un molino viejo tirado en suelo y abrazado por la maleza, a escasos metros estaba la “tanquilla” debajo de un árbol sin hojas, se notaba como las pocas palabras que decíamos rompían el silencio junto al canto de “aguaitacaminos”  y el ruido de los tuqueques que corrían entre las hojas caídas en el suelo. Era bastante notable el silencio de “El Cunaviche” mientras que mi hermano y yo bromeábamos sobre ello, -¿Que jue fama? ¿Estas asusta’o?- cuando nos sentábamos en el borde de la tanquilla a terminarnos la botella.

Para romper el hielo entoné el cuatro parrandero en al son de un “cunavichero”, y así seguir bregando en contrapunteo, los únicos versos que acompañaban el ritmo, eran los de mi hermano y los míos, mientras que “El Cunaviche” sostenía la botella entre las piernas y miraba en múltiples direcciones.

Era mas o menos la una y algo de la madrugada cuando “El Cunaviche” mató la botella con un fondo blanco que extinguió liquido etílico y “El Son” de nuestra interpretación, y dijo: -Esta "bicha" ya se acabó, vamos idos.-, Terminando estas palabras, y un fuerte sonido, como el de algo cayendo de arriba entre las ramas de los árboles, sacudió los lentos pasos de “El Cunaviche” de regreso a la fundación, los cuales aceleraron su marcha a tal punto que el hombre llegó primero que nosotros con la lengua afuera, pues allí fue donde detuvo la  carrera.

         Al día siguiente las risas se dejaron escuchar con mayor motivo, ya que quien había provocado la espantada, era el caporal, quien había escuchado todo desde su chinchorro y decidió jugarnos esa pequeña broma, escondido entre el monte.
        
Cosas que pasan en mi llano querido, inundadas de su folklore, esa esencia cultural que cubre a su gente.