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Las Vaquerias

Por: Orlando Hurtado

El verano recio del mes de marzo hace estragos en la llanura, los potreros arden en llamas y el sol bravío luce incandescente en el centro del cielo azul llanero; la sabana vestida de dorado deja cabalgar febriles atajos de tolvaneras desbocados con el viento. Más allá, pequeños lotes de ganado sestean en las sombras de un samán tratando de contrarrestar el inclemente calor veranero.


verano llanero


Han pasado algunos meses y en el alma del fundo muchos becerros han nacido y andan por la sabana sin marca alguna, orejanos, sólo se sabe que son del fundo porque andan con la madre, la cual sí lleva el distintivo del dueño de los animales. Ya es tiempo de marcarlos y ponerles el hierro de la finca.

El caporal coordina con los peones herrar todos los becerros orejanos y decide esperar hasta el siguiente día. Entre tanto, se termina la jornada diaria y después de la comida llega el ocaso, y algunos peones se distraen jugando barajas a la luz de un mechurrio melancólico, mientras que otros tararean una tonada al son del punteo de un cuatro viejo. Así se les va el resto del día hasta que llega la hora de dormir y las risas y el cuatro son sustituidos por el chirriar de los chinchorros en la vieja casa del fundo.

Amanece, y luego de la jornada de ordeño, los peones se disponen a herrar a los becerros. Un grupo de llaneros busca al ganado de levante y lo trae por la callejuela hasta meterlo en el corral más grande de la finca, los otros quedan preparando la fogata para tener todo listo para la herrada, o mejor dicho, “la jerrá” como dirían los peones.

Ya los trozos de cabillas terminadas en figuras, con sus mangos de madera o hueso y su sed de piel, están reposando sobre las llamas. Una vez el ganado dentro del corral, se siente el ajetreo y el nerviosismo en los animales, todo el ganado bramando y moviéndose en el recinto bajo el sol de las 11 de la mañana, presiente el castigo del metal al rojo vivo.

Todo está listo, un llanero a caballo con la soga sujetada a la cola de la bestia, es decir, una soga arrebiatada, enlaza a una vaca y la separa del lote del ganado, el caballo se ancla en una de las esquinas del corral y permanece inmóvil ante los fuertes tirones de la rumiante desesperada por ir a defender su cría; el becerro está siendo enlazado simultáneamente pero por un peón a pie, quien lo tumba y lo "guayuquea" para que otro peón traiga de la fogata el hierro ardiente y con pulso envidiable lo imprima en la piel del ternero.

En el ambiente se percibe un olor a carne quemada y un ayudante luego de hacerle la marca en la oreja, rocía matagusanos tanto en la marca del hierro como en la señal del cartílago. Se suelta al becerro y éste se va corriendo en pos de la madre goteando sangre por la oreja y luciendo la marca del hierro en la parte lateral y superior del muslo izquierdo, llevando en su piel las iniciales del dueño o del nombre de la finca y el número de la zona donde se encuentra ubicado el fundo.

Este proceso se repite tantas veces como becerros orejanos haya, de esta manera se completa una más de las tantas faenas del llano, llano donde los hombres y mujeres se forman para la vida y el trabajo, y así como el ganado lleva su marca, los llaneros y todos aquellos que así se sientan, llevan en el corazón el hierro de un amor profundo por esa tierra, la cual tiene características tan especiales que hipnotizan, impactan y enamoran.